lunes, 13 de mayo de 2013

Volcanes en erupción

Todos somos un volcán. Un volcán potencialmente en erupción. Por lo general, el volcán se encuentra en estado de reposo pero los volcanes que somos todos, en algun momento u otro, estallan. La erupción simboliza el cambio.

Las cosas que nos pasan son las cosas que al final hacemos nuestras, las cosas que interiorizamos, que conforman nuestra vida interior y las que conforman la historia personal de cada uno, conocida por nosotros mismos o en relación a como los demás lo ven, y en este sentido es imposible entender o comprender como uno es sin entender o comprender lo que uno ha sido, de donde viene, así como los procesos de calentamiento y enfiamiento internos. Esta persona es de tal o cual manera porque tal o cual acontecimiento ha sucedido en su vida, en general esta idea se contempla de una forma más o menos objetiva cuando intentamos establecer quien es alguien o como ha llegado a ser el que es. Si de lo que se trata es de buscar respuestas a un estado actual de reposo o de erupción, conviene comprender el curso de los acontecimientos que se han ido sucediendo en nuestra experiencia vital y que, antes que marcarnos por fuera, donde todo se ve para el ojo ajeno que nos mira superficialmente, nos marcan por primeramente dentro, donde solo pueden ver uno mismo o un ojo externo capaz de traspasar la carne con la mirada. Es, en un sentido continuado, que los volcanes estallan temporalmente en el interior de cada uno, y se manifiestan de forma más o menos notoria hacia el exterior, donde muchas veces no entendemos como alguien puede estar expulsando chorros de lava por doquier. A lo largo de la vida sufriremos todos y cada uno de nosotros múltiples erupciones más o menos importantes que nos afectan personalmente en mayor o menor medida, y cada una de ellas es tan beneficiosa, en el sentido de purificadora, como perjudicial, en el sentido de agotadora, para uno mismo y para su entorno si no es capaz de detenerla a tiempo antes de que los fuegos consuman todo lo que es importante para uno. Una erupción vacía y renueva el espacio interno, pero al mismo tiempo consume todo lo que se encuentra a su paso.

Cuando un volcán estalla, y esto sucede para bien o para mal, puede tratarse de un buen signo, como un ciclo natural necesario de purgación interior, de expulsión de residuos internos que a uno se le ha hecho realmente costoso e incontrolable contener dentro de sí mismo, o como un signo de saturación, de empacho, de lleno mental y emocional que, inevitablemente, tiene que salir. En general, una erupción volcánica dentro de cada uno se debe a un conjunto de cambios, cambios en los acontecimientos vividos y por tanto un cambio de la visión sostenida hacia algo o a una redefinición de los valores adoptados, y no entraré a valorar si es un cambio en sí positivo o negativo, simplemente la erupción se da, se manifiesta primero por dentro, haciendo consciente a uno mismo de que pronto va a estallar, y luego, cuando uno ya arde por dentro y chorrea lava por cada uno de los poros de su piel, por fuera, afectando a todo el que rodea al volcán llameante con patas que somos nosotros. Un hombre erupcionado es un hombre potencialmente peligroso, y si es consciente de su estado de peligrosidad por su expulsión de lava constante lo mejor que puede hacer, siendo consciente de su situación, es apartarse de sus seres queridos para minimizar los daños con respecto a los demás. Cuando alquien que nos quiere nos ve arder, por amor o por instinto intentará protegernos y salvaguardarnos, tratando de ayudarnos a apagar el incendio, y esto duele si es visto por los ojos de quien no puede controlarse a sí mismo, porque no queremos herir a nadie en el transcurso de la manifestación externa de nuestros procesos interiores. Pero si de verdad nos conoce y sabe de que se trata el asunto, sabrá que sufrir este tipo de colapsos internos y esta purga es algo en el fondo natural, fruto de los ciclos que todos hemos de ir pasando a lo largo de nuestras vivencias, sabrá que no hay volcán que eternamente suelte magma en todas direcciones y que todo tiende, a la larga, al resposo y a la extinción. Aunque, quien sabe si haciendo esto, uno logrará controlar su volcán personal y hallará para él mismo salvación.

Lo malo del asunto éste de los volcanes internos es cuando el volcán de uno mismo resulta incontrolable, y en vez de tendir a su propia extinción por procesos naturales como el tiempo o la falta de actividad sísmica, uno aviva los fuegos voluntaria o involuntariamente y acaba convirtiendo su mundo interno ya no en un simple volcán que de vez en cuando debe estallar sino en un auténtico infierno dantesco, dando cabida en su interior a la proliferación y perpetuación de demonios y de otros seres mosntruosos que acabarán por adueñarse de la voluntad de quien, en el fondo, puede llegar a controlar sus procesos erupcionales, pero no quiere porque se empeña en que todo arda, que todo se consuma, sin importarle uno mismo o los demás. Otra opción consiste en aguantar y tratar de retener estas erupciones, opción no recomendada porque nada es controlable para siempre y, cuando la situación se vuelva insostenible para uno mismo, la explosión interna puede ser más catastrófica, para uno mismo y para los demás, incluso que la mítica erupción volcánica de Pompeia. Un incendio interno con su consecuente erupción no es malo en sí mismo, es necesario y debe sucederse de vez en cuando, avivados los fuegos por uno mismo o por las cosas que vivimos, pero lo malo es cuando vivimos en un estado constante de perpetuación de nuestros fuegos, de explosión y piromancia inconsciente con nosotros mismos y con los demás, porque es entonces cuando tantos procesos seguidos pueden acabar pasando factura de un forma verdaderamente sin retorno. La cuestión reside, pues, en tratar de minimizar los daños colaterales de dichas erupciones siempre que se pueda, daños colaterales que pueden afectar tanto a uno mismo como a los que nos rodean, porque junto con el madurar viene la toma de consciencia de las situaciones, el conocimiento a uno mismo y sobre como funcionan sus procesos.

Todos somos un volcán. Un volcán potencialmente en erupción. Todos pasamos por momentos en los que es necesario entrar en erupción de una forma loca e irracional, de una forma incontrolable. Pero la vida que se erige a nuestro alrededor la conforman muchas personas que, aun siendo ellas mismas también volcanes en potencia, sin duda para nosotros son magníficas ciudades que viven asentadas en la base de nuestra montaña, que conviven y comparten su espacio con el nuestro, ciudades con una larga historia de convivencia y supervivencia con nosotros a las que conviene no cubrir de fuego y roca ni reducirlas a escombros a causa de nuestras erupciones cíclicas inevitables. Somos enormes titanes rocosos que, en ocasiones, tenemos como sangre ríos de lava y magma circulando en nuestro interior con odio y rabia, con un enorme poder de destrucción con capacidad para reducirlo todo a cenizas, y todos nos encontramos con momentos en los que no se contempla otra opción que estallar y soltar el magma que nos llena en todas direcciones, no nos queda otra que destruir inconscientemente todo rastro de vida a nuestro alrededor, no queremos el murmullo de la civilización, sólo queremos soledad y disfrutar del canto de los pájaros que se posan en las lomas de nuestra montaña. Somos volcanes, sí. Pero tenemos bonitas ciudades de seres humanos a nuestro alrededor. Y nosotros, al mismo tiempo, también somos ciudades alrededor de los volcanes que son los demás. Tenemos un compromiso no escrito pero conocido de respeto y preservación bidireccional para nosotros mismos y para los demás.Vivamos siendo lo que somos, conscientes de nuestra situación de volcanes que pueden erupcionar, conscientes de lo que somos para los demás pero también, pero, sobretodo, y esto es lo más importaante, de lo que los demás son para nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario